En esta sección compartimos algunas experiencias de personas que han participado en alguno de nuestros proyectos. Si has viajado con Marhaba y también quieres compartir la tuya, escribe a marhaba.asociacion@gmail.com

"Hacia el desierto y más allá"

Hannan El Yaakoubi nos cuenta su experiencia en el viaje al Desierto de Erg Chebbi en septiembre de 2016. ¡Gracias!

Son las cinco de la mañana. Nervios, chispas en el estómago, recogiendo y revisando

una y otra vez las últimas cosas para estar lista y a punto de embarcar hacia una

aventura que iba a cambiar mi forma de visión de la vida.

No pegué ojo en toda la noche. ¿Cómo iba a pegarlo si llevaba demasiado tiempo

esperando lo que en unas horas iba a comenzar? Me costaba creerlo, pero tenía que

creerlo.

Me encontré con Montse, la que fue mi primera acompañante del viaje. Ella también

era de Barcelona, aunque no residiese en ella como yo. Tras despedirme de mi padre,

pasar todo lo que conlleva antes de subirse a un avión, ya estaba sentada y contenta

abrochándome el cinturón.

Y la aventura comenzó.

Nosotras dos lleguemos un día antes a Marrakech y, consecuentemente, un día antes

que el resto de compañeras. Nunca había estado en Marrakech. De hecho, era mi

primera vez en todo. Por eso, aunque fuese española de origen marroquí y

musulmana, sentí como que lo observaba todo con ojos de niña. Niña tímida.

Mi familia es del norte. Algún que otro familiar alguna vez había pisado el sur, pero en

alguna ciudad en particular. Sin embargo, me enorgullecía saber que no sólo era la

primera en explorar prácticamente toda aquella zona del sureste de Marruecos (muy

conocida y popular gracias a su espléndida y magnífica naturaleza) sino que pude

cumplir uno de mis sueños que lejos se encontraba, y que era pisar dicha zona que tan

enamorada me tenía. Y que siempre lo iba diciendo a cualquier persona que me

cruzaba del Sáhara.

Ese día anterior al viaje con Marhaba, otra forma de viajar, lo aprovechemos

recurriendo por casi todas las calles de Marrakech. Ya desde la terraza de nuestro hotel

Cécil, esperaba ansiosa por salir a fuera y conocer esa madinat al-hamra (ciudad roja).

Al día siguiente y primero de la aventura para todas, nos pusimos en contacto con

Omar, un conductor simpático que nos iba a llevar con su cómoda furgoneta, desde

Marrakech hasta nuestro primer destino: Hassi Labiad.

Las siete de la tarde y nosotras nos fuimos con Omar hacia el aeropuerto, donde

tuvimos el placer de conocer a las demás chicas que nos iban a acompañar a lo largo

del viaje: Irene, Ana, Cristina, Mónica y Lidia. Cada una tenía algo mágico que las

hacía únicas. Fue agradable haber recorrido kilómetros desde un lado de Marruecos a

otro con ellas. Fue bonito contemplar que seis chicas de diferentes partes de España,

nos encontráramos compartiendo risas y música bajo una misma furgoneta rumbo

nuestro destino final.

Algo que tampoco olvidaré.

Creo que lo más difícil de todo el viaje hasta llegar a Hassi Labiad fueron aquellas

curvas peligrosas, de doble sentido a pesar de su estrechez, y que recibían el nombre

de tichka. Entre esas montañas del Atlas y bajo las estrellas de la noche, el viaje no

pudo hacerse de la mejor forma.

Y estábamos acercándonos a nuestro albergue, que ya se veía lo que jamás creí que

vería nunca: dunas de arena y con alturas de montañas a lo lejos. Estábamos a nada

del desierto. ¿Era una visión óptica? Me pellizqué. ¡Era la realidad! Me reservé un par

de lágrimas para cuando me montase en un camello y me introdujera en lo que era el

desierto propiamente dicho.

Ya no pude ni pegar ojo una vez en el albergue cuando estábamos ya cada una en

nuestras habitaciones compartidas. Antes tuve la oportunidad de conocer a los

guías que siempre habían acompañado a la asociación, Hassan y Youssef (alias Padre).

También conocí a Ali y a los cocineros. Más tarde al hermano de Padre, creo que

también se llamaba Omar.

Desde la terraza del albergue, parecía que estaba tocando aquel paisaje del desierto

expuesto enfrente de mí. Sin palabras. Y sin menos palabras me quedé cuando justo

esa misma tarde nos dirigimos hacia esas dunas que loqueada me tenían y encima de

un dromedario.

Recuerdo que fue un momento de máxima sensación para mí. Algo que sentía la

necesidad de querer compartirlo con los míos sí o sí. Nunca antes me había subido en

un dromedario, sin embargo el mío fue un buen chico, tranquilo y relajado. Dominaba

estar subida a él, como si siempre me hubiese montado en alguno. Y era la primera

vez.

Todo el viaje en sí me ha aportado su granito de arena, pero si tuviera que elegir con

qué momento me quedase, sin duda sería con los días que pasemos en el desierto. A

pesar de que me costase escalar dunas (creí que iba a ser cosa fácil pero tiene lo suyo

y muy deportiva la verdad es que no soy), el desierto fue el corazón de todo el viaje.

Descubrí la magia y esencia que se escondían bajo altas dunas de arena. Y es que tal

es así que mucho me sirvió y sobretodo a día de hoy.

Cerca de nuestras haimas, compartíamos talleres de especias, brujería, magia,

canciones con tambores y otros instrumentos bajo las estrellas, bailes, risas, alegría,

aprendizaje de algunas palabras en bereber, etc.; pero también esa maravillosa

estancia allí sirvió para hacer una retrospección conmigo misma.

En un momento dado, escalé la duna que estaba más cerca de donde estábamos con

Cristina, y allí supe qué era estar en paz conmigo misma. Gracias a ella, que me

ofreció su mano para estar allí, cada una en una banda sentadas con una libreta y un

bolígrafo en la mano, y escribir todo lo que queríamos sacar de dentro. Todo en una

hoja de papel.

Me sentí tan bien que ese momento lo marqué como uno de los mejores. Porque otro

fue cuando se decidió escalar la segunda duna más alta de esa parte del desierto Erg

Chebbi, y gracias al hermano de Padre, gracias a su paciencia, ánimos y que cada vez

que me distraía, conseguía retener mi atención explicándome anécdotas, chistes e

historias diversas, conseguí escalarla. Fue un gran reto y mérito para mí. Cabe decir

que sin la ayuda de Omar, quizá me hubiera quedado a medias, pero fue algo que me

cautivó por completo.

Fue hermoso que el grupo con el que iba, ya arriba, mientras íbamos yo y Omar

llegando a donde ellos, me recibiesen con un aplauso y alegría. Me emocioné.

Realmente me di cuenta que nunca es tarde para mejorarse así mismo. Que quizá es

cierto que aquella zona me encantaba, pero independientemente de lo que nos guste,

un viaje solidario es lo que nos hace falta para renovarnos, pues son los que realmente

valen la pena. Que si quieres mejorar contigo mismo, debes de hacerlo. Da el paso, sin

miedo, con fuerza, con ánimos y con el apoyo de gente agradable a tu lado.

Porque fue eso lo que yo experimenté. Porque conseguí que mi autoestima subiese,

creer más en mí. Mientras escalaba aquella duna, me esforzaba mucho por conseguir

pisar la cima. Y aquello lo asocié en que cuando se quiere verdaderamente alcanzar

algo, se debe de ir a por ello, nos cueste lo que nos cueste.

Y aún me quedaba por conocer lo que sería la última parte dicho viaje: el pueblo cerca

de Merzouga, llamado El Begaa. Esa sensación que tienes cuando entras en el pueblo

subida en un 4x4, un mar de niños corren detrás del coche divertidos, contentos,

ansiosos por saber quiénes venían a verles. Sensación inexplicable.

Dentro de la casa donde se hacían reuniones y encuentros y cuya función era parecida

a la de una escuela, conocimos a gran parte de mujeres, chicas y niños que formaban

todavía parte de dicha asociación. Hicimos juegos para conocernos mejor entre

nosotros y la tarde finalizó sorteando dónde íbamos a pasar esas dos noches de los

tres días que íbamos a permanecer en El Begaa.

Y quise probar esta experiencia sola. Ya en próximos viajes lo haré acompañada.

Quería probar de permanecer en una familia local sola. Poco me sirvió el diccionario

bereber, pues Fátima de Argelia (así era conocida de entre sus amistades) se

comunicaba conmigo en árabe. Decía que le gustaba poder hablarlo, ya que estaba

acostumbrada a hablar con su gente en bereber y que un pequeño rato en árabe le

favorecía más. Acepté encantada sin problemas.

En el tiempo que estuvimos en El Begaa, tuvimos la ocasión de visitar una familia

semi-nómada, hicimos talleres de psicología y cocina, clases de enfermería, bailes,

cantos, henna…, y hasta una boda ficticia. Sí, sí.

Lo más mágico para mí fue cuando me vistieron de novia. Como la cultura bereber del

sur siempre me había llamado la atención, presenciar una boda con sus tradiciones y

costumbres sería de lo más. Pero de ahí a ser yo misma la protagonista de aquella

tarde fue algo que siempre recordaré. Inolvidable.

Y una vez en casa, recordando todo lo que pasé y viví en aquellos diez días tan

intensos, comprendí que este viaje es uno de aquellos que, como se dice, al menos en

algún momento de tu vida debes de hacer. Es cierto que la emoción del momento

influye enormemente la subjetividad del individuo que lo vive, pero sí me atrevo a decir

que este mismo viaje te cambia completamente. Te renueva.

Cada vez que cuento mi experiencia a alguien, un nudo de nostalgia se me hace en la

garganta. Convencidísima de que esto sólo es el principio de un mundo por descubrir.

Voluntariado en El Begaa - 2016 -

Lucía Juarez Devesa, la segunda voluntaria de este año ya está en El Begaa.

Su experiencia a través de sus palabras.....:

"¿Qué hago con todo lo que vi?

 

Nos mandaron mil deberes que hacer, tareas y encargos, nos explicaron que ni la tierra es 

plana, ni una pelea está justificada. Se aseguraron de que entendiéramos la importancia de 

“no perder el norte”, de hacer por rodearnos de buenxs amigxs. Aprendimos a sumar, a 

escribir y a conocer nuestro entorno. 

 

Desde que nacimos estuvimos constantemente creciendo, evolucionando y forjándonos 

académica y personalmente. Pero entonces.

 

Tomas decisiones, las defiendes, las llevas a cabo, descubres, reflexionas y entiendes. 

 

Que todo lo anterior fue y es imprescindible, pero no será jamás en vano cada experiencia que 

se le sume. 

 

Hadiya tiene nueve años y es inteligentísima. Le gusta el fútbol, colorear, cantar (y que yo 

cantara), comer a escondidas de su hermana, ver dibujos en la televisión, pegar pegatinas por 

toda la casa, enseñar su libro de Tarzán y estar con sus amigas. Le gusta ir a la escuela (aunque 

madrugar no sea su fuerte; -pero en eso la entiendo perfectamente-), y a mí me gusta más aún 

que le guste. Me ayudaba a preparar algunas cosas en casa para los talleres aunque luego

delante de sus amigas le daba vergüenza que me dirigiera a ella. Una tarde que me puse a 

jugar al fútbol con los chicos adolescentes del pueblo, le daba tanto reparo acercarse a donde 

ellos estaban que se quedó casi todo el partido mirando cómo jugábamos a diez u once metros 

del campo. Quiero pensar que en ese partido donde solo jugaban hombres que seguro que no 

daban un duro por mí, le enseñé algo a ella. Hicimos un par de sesiones de fotos y grabamos 

algún que otro video. Creo que se lo pasaba casi tan bien conmigo como yo con ella.

 

La madre y el padre, cuyos nombres no llegué a memorizar nunca, son, en aquel sitio, buen 

padre y madre. Digo en aquel sitio porque aquí habría mucho que de primeras podríamos 

juzgar, pero allí me parecieron de esa clase de gente que en esa sociedad y con sus 

circunstancias, hicieron y hacen lo que pueden. Y en lo que a mí respecta, a esa chica española 

tan diferente, de quien saben mucho y no saben nada, me recibieron con los brazos abiertos, 

me hicieron todos los días comer hasta no poder más, me regalaron unos fósiles y una pulsera 

y me despidieron con los brazos menos abiertos, como si no quisieran que me fuera.

 

Aisha tiene veintiséis años y creo que a ratos no es feliz. Le hubiera gustado seguir estudiando 

cuando era adolescente pero tuvo que dejarlo y ahora dice que es muy mayor para retomar 

esas cosas, y que tiene mucho de lo que encargarse. Además le gustan las ciudades grandes 

pero no contempla vivir sin su familia. No le gusta dormir sola en la habitación y siempre

cuando ya está acostada habla por SMS o llamada con alguna amiga. Aisha es extraña porque 

no le gusta lo que a la mayoría, como la música, el baile, las tecnologías, las excursiones, etc., 

más que extraña, puede que su mente funcione de manera y a ritmo totalmente diferente. Me 

recuerda a algunos de los personajes de Lorca, y por respeto, hasta aquí leeré sobre ella.

 

Marian, Mustapha, Alí y Said son el resto de hijxs de la familia con la que estuve.

 

De Said, que vive en la casa, sé que trabaja 6 de 7 días a la semana yendo de un pueblo a otro 

como taxista alegal y repartidor de cosas y comida en la furgoneta blanca que tiene medio 

alquilada a otro hombre. Es muy callado y reservado, pero atención, conduce como nadie un 

vehículo destinado para once personas máximo cuando llegué a contar hasta diecisiete a la vez 

sorteando las bajadas, subidas y barro del camino hasta el pueblo. Qué monstruo.

 

Alí vive y trabaja en un pueblo cercano con turistas y la semana antes de venirme le compró a 

su familia una lavadora semiautomática. Imaginaos que flipe.

 

Mustapha vive y estudia también fuera, y Marian, a la cual conocí el año pasado, se casó hace 

unos meses y se mudó (como es costumbre), a la casa de su marido.

 

Ah, y coincidí con la abuela una semana aproximadamente. Por lo visto esa mujer va visitando 

de pueblo en pueblo a sus hijxs. Aunque le pillé algunas miradas de persona anciana 

desconfiada, qué voy a decir, estaría preguntándose de dónde habría salido aquella muchacha. 

Menudo cuadro.

 

Todo esto en cuanto a la familia pero es que las chicas de la asociación son ya para escribir 

varios libros.

 

De Aisha, quien la preside hasta ahora, ya os he hablado pero quiero destacar que aunque al 

principio no puso mucho empeño en la idea, acabó confiándome las llaves del local y 

dejándome que proyectara a mi antojo las películas para lxs niñxs. Eso, es confiar.

 

Malika es quizá una de las que más me llamó la atención desde la primera vez que las conocí el 

año pasado. Es esa chica rebelde que canta, baila, bromea y se ríe en tu cara, que le encantan 

las películas de dibujos animados, las de adolescentes y todas las que ponen en la televisión. 

Estudió hasta los dieciocho (ahora tiene veinte) según me dijo y ve National Geographic, de ahí 

supongo que sepa tanto de historia, política y mezcle francés, inglés y español al hablar cuando 

no habla su idioma. Pocas veces fue vergonzosa conmigo, y no hubo nada que al preguntarle 

sobre su cultura, costumbres o vidas personales me evitara contestar. Vi que es esa chica que 

aunque muy ligada a sus tradiciones e identidad colectiva, sabe y entiende perfectamente que 

existen otras formas de pensar, vivir y relacionarse. Es poder hablar de casi todo aunque ella 

no esté de acuerdo.

 

Argía, que es hermana de Malika y tiene treinta y pico años, es la serenidad, dulzura y madurez 

en persona. No habla casi nada de español y la informática se le da bastante mal en 

comparación al resto. Sin embargo, como a su hermana, bailar, comer, los masajes, la música y 

estar siempre con gente le encanta. Fue ese punto de equilibrio en muchas situaciones. Era esa 

mirada de aprobación y ternura que me daba la sensación de estar haciendo un buen trabajo, 

o al menos, que mi esfuerzo estaba siendo valorado. Fue quien más días estuvo enferma en 

casa con fiebre, y quien cada vez que después de clase me acercaba a visitarla, se 

reincorporaba y sonreía aunque los ojos me gritaran que por dentro estaba ardiendo. Por 

cierto, le encantan las tabletas de chocolate, sobre todo si su hermana y yo llegábamos para 

animarla con una.

 

Asisa, que tiene diecinueve años creo, es junto a Aisha, Malika, Fátima de Argelia y Fátima del 

pueblo de las que mejor entiende y habla español. También es muy dinámica aunque mucho 

más tímida. Fue de hecho de las primeras en animarse a aprender un poco de salsa. Es muy 

inteligente y era de las que cuando estaba aburrida en alguna clase trataba de disimular y no 

contagiar a las compañeras. Está muy unida a Aisha, entre otras, y por algunos detalles debe 

tener una historia algo dura detrás.

 

Fátima de Argelia es la que vive en la casa más alejada del pueblo, la más cercana a Argelia, 

por eso, y para diferenciarla de otras chicas con el mismo nombre, la llaman así. Que viva tan 

alejada del resto le condiciona bastante pero aun así cuando venía dejaba ver que tiene 

carácter y sabe lo que le gusta y lo que no y que por supuesto, tiene un gran potencial

también.

 

Fátima (en este caso otra chica que vive muy cerca de la asociación), creo que tiene mucho 

que contar de su pasado, sus gustos, sus deseos de futuro, pero que hasta que no le sacas 

conversación parece que fuera a su bola y pasara de todo el mundo siempre con sus 

auriculares puestos, escuchara música o no. Qué nerviosa me ponía eso al principio. La última 

noche, que la acompañé a casa, pudimos cotillear y reírnos un rato. Al final hay cosas que son 

iguales en todo el mundo.

 

Eto y Aisha (otra Aisha) son las que prácticamente no saben nada de español y les cuesta más 

soltarse. A penas me miraban a los ojos y casi siempre estaban calladas. Eso sí, y como era de 

esperar, poco a poco fueron mostrando que estaban igual de integradas que el resto. Me 

llamó también la atención que para lo jóvenes que eran (ambas de veintitantos años), se les 

notaba en muchos aspectos más cohibidas y reprimidas que a otras. Supongo que cada una 

está condicionada por su propia esencia y aunque el margen de diferencias a la hora de educar 

allí sea muy reducido, también les influye cómo les hayan criado.

 

Conocí a mucha más gente. 

 

A Mustapha, el típico chico guapo de veinte pocos años y echado para delante del pueblo, que 

parece muy chulo pero no dejó de demostrar que es un luchador nato en casa y que pocos 

anillos se le caen. Me llevó al Cuerno, la montaña que parece que vigila a todo El Begaa y al 

rededores, rocosa y desértica, preciosa, con vistas alucinantes y todo un reto deportivo ya que 

subimos hasta arriba haciendo la mitad del trayecto escalando (y teniendo en cuenta que yo 

no había escalado en mi vida, fue un auto orgullo muy grande). Es un amigo de la asociación 

que al trabajar con turistas de vez en cuando controla un poco de español e inglés, además del

francés que aprendió de pequeño en la escuela. Fue muy bueno, me echó una mano cada vez 

que me veía perdida con lxs niñxs. 

 

A Sara (hermana de Hassan del albergue en Hassi) y a toda su familia. Ella fue quien durante 

los fines de semana cuidaba de mi descanso, de mi hambre e incluso de mi ánimo. Habla muy 

bien español y entiende prácticamente todo. Eso, cuando conversas sobre política y filosofía 

con acento murciano, tiene muchísimo mérito. Es, como dijo la anterior voluntaria, muy 

“teenager” en gustos musicales, televisivos e incluso en la forma de vestir. Tiene treinta y algo 

años y le encanta estar con su familia, sobre todo con su sobrina Nora, la pequeña de la casa. 

Se turna con su cuñada para hacer las labores de casa, un día sí y un día no. Además de ir a 

clases de francés en el pueblo algunas tardes, también aprovecha cualquier excusa para salir 

con sus amigas y vecinas a comer a los pies de las dunas, a pasear o a tomar té en casa de 

alguna. Le apasionan las tabletas de chocolate de la marca “Maruja” con almendras. De hecho

un fin de semana compré en la tienda del pueblo una (más cara pero que a mí al menos me 

gusta más) de la marca “Nestlé” (la extrafina de toda la vida) pensando que muy a pesar de la 

rabia que me da esta compañía sería un buen detalle y más tarde mientras la compartíamos 

me dijo que estaba buena, pero la “Maruja” le gustaba más. Se me quedó grabadísimo ese 

momento.

 

Con varios turistas de Corea y de Italia, entre otros lugares, con quienes coincidí también 

intercambié alguna que otra palabra.

 

Conocí a algo más de cincuenta niños y niñas, cada unx con su misma ropita prácticamente 

todos los días, sus pelos despeinados, sus mejillas medio quebradas y sus ojos a veces sin 

infancia. Conocí a casi sesenta niños y niñas con voces fuertes, estómagos alimentados, culos 

inquietos y cerebros estimulados. Conocí medio centenar de formas de robarme el corazón, el 

sentido de la vida en ocasiones y las ganas de volver a mis días. Pero también a la vez me 

regalaron otro medio centenar de formas de devolverme la esperanza, la ilusión y el por qué 

de tantas cosas.

 

Conocí a algunos bebés; a renacuajos y renacuajas de no más de cinco años que se paseaban 

con un juguete o un trozo de pan con mantequilla en busca de otrxs niñxs con lxs que jugar,

que se peleaban por darme la mano o que les cogiera en brazos; a niñas que jugaban al fútbol 

y celebraban cada gol con un juego de palmas y como si estuvieran en un estadio; a niños que 

con canicas o cualquier excusa, se reunían para pasar el rato; a todo el futuro de El Begaa que 

vibraba cuando quemábamos basura, veíamos las películas o hacíamos música.

 

Nos mandaron mil deberes que hacer, tareas y encargos, nos explicaron que ni la tierra es 

plana, ni una pelea está justificada. Se aseguraron de que entendiéramos la importancia de 

“no perder el norte”, de hacer por rodearnos de buenas compañías. Aprendimos a sumar, a 

escribir y a conocer nuestro entorno. 

 

Desde que nacimos estuvimos constantemente creciendo, evolucionando y forjándonos 

académica y personalmente. Pero entonces.

 

Tomas decisiones, las defiendes, las llevas a cabo, descubres, reflexionas y entiendes. 

 

Que todo lo anterior fue y es imprescindible, pero no será jamás en vano cada experiencia que 

se le sume. 

 

 

Nos enseñaron muchas cosas, pero no a cómo enfrentarnos a ciertas situaciones, a cómo 

interiorizar a tantas personas y a cómo vivir con sus respectivas historias para siempre.

 

 

Otra experiencia me ha enseñado, una vez más, cosas que nunca hubiera aprendido de no

aventurarme a conocerles. Cosas que nunca sentí o que no entendí antes. Todo esto, sin duda,

ha dejado en mí el doble de lo que yo he aportado.

Tomé decisiones, las defendí, las llevé a cabo, descubrí, reflexioné y sigo reflexionando. Y es 

que solo así entiendes.

Pero como digo, tras todos esos pasos, ¿qué hago ahora con todo lo bonito, feo, complejo o

sencillo que vi?... nadie nos enseñó qué hemos de hacer el resto de nuestra vida con tanta 

cosa dentro.

Nadie nos enseñó eso."

 

 

Lucía J. Devesa.

Marzo de 2016

"Hay formas y formas de empezar y de acabar una semana. Esta semana, día a día, poco a poco, ha sido de las que el lunes mejora conforme se hace vienes. Progresivamente, mayores y enanos/as han hecho que "Mimuna" se integrara un poquito más y ya nadie le deja la mano sin chocar cuando alza los cinco dedos y una palma. Y eso es siempre buena señal. En cuanto a lo que hemos hecho....con los/as peques hemos recogido basura del huerto y del centro del pueblo, hemos repartido todo lo que para ellos/as trajimos, hemos pintado y coloreado y hemos visto dos películas (como en un cine de verano en versión alucinante, bajo la luna, sobre la tierra que nos soporta y a ras del viento más libre que no encuentra obstáculos porque nadie le puso vayas al campo).

También hemos comenzado un taller del que si sale bien, tendréis noticias pronto. Las chicas por otro lado se han recuperado y para mi sorpresa han venido a clases con más ganas de masajes, de pulseras, de salsa, de ordenadores y de atenderme mientras me meto con ellas para romper esa barrera de timidez y sumisión que tan poco me gusta cuando viene impuesta. Bendito lenguaje no verbal que internacionaliza cualquier broma y nos hace tan personas.

Hemos hecho menos de lo que planeé antes de venir, pero mucho más de lo que una vez aquí a pie de pista pensé que seríamos capaces de hacer. Ha sido la semana qeu más se ha parecido a mi rutina en España. He llegado a la noche cansada, he apuntado cada día lo que al día siguient quería hacer y por supuesto, para variar, de lo que veo y lo que siento cuento a la gente la mitad, pues siempre hay cosas que no diré a la cara.

Esta, como digo, ha sido LA semana. En la que ya voy teniendo ganas de ver a mucha gente cuando vuelva; pero es la misma en la que empiezo a ser consciente de que en esta experiencia tengo más días a mis espaldas de los que puedo mirar de frente.

 

Supone que en breve volveré a decir adiós a un entorno y a una familia que en este caso sin entender por qué visto, hablo o pienso como lo hago, sin saber de qué personas me enamoro o con qué sueño, ha compartido conmigo su manta, su pan y su confianza.

 

Vamos a por los tres últimos días en El Begaa, que el cuarto y el quinto seré más grande para lo que venga."

 

(Lucía J. Devesa 14.02.16)

Lucía y los niños y niñas de El Begaa
Recogida de basura en El Begaa
Cine bajo el cielo

 

 

"Encuentros y reencuentros"

Hace una semana que salí de casa y parece que hace seis. De Murcia (esa ciudad que echas de menos cuando no la tienes) a Sevilla, de Sevilla a Marrakech y de Marrakech a Hassi Labiad; de Hassi Labiad a El Begaa.

He vuelto al clima que ralentiza pero inspira a respirar, y también a las noches estrelladas y al tiempo con tiempo. He vuelto, como digo, al encanto de esta región de Marrueocs. Por supuesto también al mucho té, mucha harira, mucho cous-cous y mucho pan. Desde luego hambre no voy a pasar.

Encontrarse con que todo sigue igual es bonito, es una extraña sensación de hogar, -qué paradójico, no?-.

El reencuentro se produce con las personas, siempre con personas. Padre, Hassan y la gente de El Begaa. Algunas de las chicas me reconocieron al verme, otras no. En el caso de mi familia bereber (la que me acogió en marzo del año pasado), el sobrenombre "Mimuna" que me pusieron fue la pieza clave para acordarse de mí. Esta vez de hecho me quedaré de nuevo en su casa, -eso es genial-.

Reencontrarse pues, no es solo con una misma, es reencontrarse con quienes abren de par en par las puertas de su casa en El Begaa y en Hassi, con todo lo que eso conlleva. Esta mañana la compañera que ha estado en enero, Virginia, ha partido hacia casa, triste y contenta, como lo haré yo en unas semanas. Es ahora cuando la responsabilidad en solitario me toca. y con ganas. "Volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida; vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez". Reencontrarme con lo que un día encontré. La aventura ha comenzado. (Lucía J. Devesa 02/02/2016)

 

 

Bandera bereber con un bonito significado "hombre libre"

Virginia Carballo es la primera voluntaria de este año en El Begaa, aquí tenemos un avance de su experiencia durante estas primeras semanas. Después de casi un mes, el voluntariado ya va llegando a su fin para ella, os dejamos aquí un poquito de sus días:

 

"Aquí el cielo nos regala cada día un pedacito de su hermosura. Belleza en forma de dorado, rojo y amarillo, que se funden con el intenso azul eternamente despejado. Parece que fue ayer cuando llegué, incrédula, a Marrakech. Confieso que no me había planteado demasiado la aventura en la que entraba, pero esa misma sensación fue la que me llevó a venir. Buscar algo nuevo, intenso e inolvidable.

Parece que fue ayer, y cada día que pasan los días, que al principio resultaban largos y cansados, se me hacen ligeros y livianos. Sí, aunque me hubiera encantado que todo fuera precioso, no puedo decirlo porque sería mentirme. La primera semana fue intensa, dura, eterna. La sensación de tiempo, la soledad de El Begaa, la falta de gente con quien comunicarme, el cambio, las costumbres....Pero por suerte nada es etermo. Sí, la primera semana fue un cambio brutal. Fue ese cambio que experimentas cuando vas de viaje a un sitio y te da de golpe otra realidad. Otro mundo. Es que sí, es otro mundo. Sólo que, esta vez, la experiencia no terminaba ahí. Y el camino seguía, y sigue.

Bajar el ritmo a cero, mirar sin juzgar, aceptar, cruzar los dedos y disfrutar. Porque al final, disfrutar es lo que nos queda en cada momento.

Comenzar con las chicas. El primer día, sentarme ante ellas y pensar "y qué digo ahora". Y, como si llevara preparando el momento desde hace años, las palabras, los gestos y la dináminca comenzaron a surgir de mí. Supongo que hay cosas que no se preparan, y que hay veces que la mejor preparación no lleva más que inexorablemente al fracaso.

Estar en medio del desierto, desconectada del mundo, perdida entre caminos que parecen no tener fin, te acerca a tu realidad. De repente te ves a ti, blanquita, occidental y sola, sin saber muy bien qué es lo que te crea ese sentimiento de lejanía. No, al menos en mi caso no es la forma de vida. No me importa dormir en el suelo, ni comer comida picante, ni cagar en la arena. Es otra cosa de la que hablo. Es que te das cuenta de la diferencia. Es que no entiendes por qué, al sacar el pasaporte en clase, ellas te dicen que de eso no tienen. Es que no hay agua corriente. Es que los niños y niñas juegan; sí, juegan. Y lo hacen sin juguetes. Vaya. Quizá no sea mi caso el echar de menos un baño, una cama o una cuchara. Echas de menos a la gente, los abrazos, los besos o la mirada de esas personas a las que quieres. Y ahí, en medio del desierto, te das cuenta de qué es lo verdaderamente importante. 

Volver a Hassi Labiad el fin de semana resultó para mí un soplo de vida. No sólo porque pude hablar con mi familia. Sino porque, sin saberlo, me esperaba otra familia, de esas de las de verdad. De las de los abrazos, los besos, las sonrisas calentitaas, las que te dan un beso de buenas noches y te despiertan con una canción por las mañanas. De las que te abren su casa y te sientes, de verdad, como si estuvieras en ella. Lo que me han dado Hassan y su familia, en Hassi, no tiene palabras.

Y con esto me encuentro a diez días de marcharme. Las clases siguen su curso, la vida en El Begaa es cada día más bonita, y la buena sintonía de la clase se va palpando en el ambiente. Ahora hacemos yoga, y aerobic con botellas de agua a modo de pesas. Por las mañanas juego con los niños del pueblo, me invitan y abren las puertas de sus casas, me enseñan a jugar a las damas, mientras yo les enseño el matapollos. Te abrazan, te sonríen, te regalan una felicidad que no tiene manera más bonita de expresarse.

He conocido a gente muy bonita aquí. Cada día, he vivido una experiencia nueva, conmovedora y gratificante. Claro que ha habido momentos de bajón, tristeza y melancolía. Y los seguirá habiendo. Pero es que también los tendré al volver, porque aquí, en este lugar perdido en el tiempo, ya he dejado casi sin querer, un pedacito de mí. Y me llevo un trozo aún más grande, pegadito a mí."

 

Virginia Carballo y algunas de las chicas de la Asociación Timlalin, en El Begaa.

Vuestras palabras.....

Aquí algunos trocitos de vuestros agradecimientos y vuestras emociones:

 

"Muchas gracias por ser como sois, por haber sido unas personas tan generosas, abiertas, divertidas, llenas de energía y buen rollo. Este viaje no hubiese sido igual si no llegamos a ser los que fuimos"

 

"No se nos han caído los anillos por dormir en el suelo, por comer con las manos, por compartir un vaso de agua, por pasar frío, por sentarnos once horas de ida y once de vuelta en un minibus conducido por conductores temararios, por subir y bajar las dunas, por no ducharnos durante más de dos días, por ir de arena hasta las cejas, por embutirnos en la parte trasera de una furgoneta, por abrazarnos sin pudor, por reír hasta doler, por mirarnos a los ojos húmedos, por llorar"

 

"Me está costando el regreso y volver a la rutina. Siento que una parte de mi corazón quedó allí, en cada uno de los sitios en los que estvimos y en cada una de las experiencias que vivimo, y aún me siento profundamente conmovida por todo aquello"

 

"Ha sido un privilegio compartir este viaje "escpecial" con un grupo de jóvenes como vosotros. Me lo he pasado muy bien, he reído, me he emocionado, me he divertido y he aprendido muchas cosas. Me ha gustado mucho la convivencia con las personas de Hassi Labiad y El Begaa, muy interesante y emotivo"

 

"Qué nostalgia tengo ya de vosotros, del lugar, de la gente! :) Con un grupo de gente como este, vuelvo a sorprenderme del fenómeno de las relaciones humanas, de la sensación de grupo, de entenderse e ir todos a una. Todo fue muy inocente (que no ingenuo), humilde y muy muy tal cual"

 

 

Una de nosotras....

Una pequeña crónica de una de nosotras, en los tres primeros viajes a El Begaa con Marhaba en 2010 y 2011.

"Seis de la mañana de un día cualquiera, en el desierto no hay calendarios. Me despierta la voz de Fátima susurrándome palabras en un idioma desconocido que sin embargo cada día me resulta más familiar. De todas esas palabras “harira” es la que me hace comprender que aunque la noche no ha tocado su fin, tenemos que levantarnos para preparar esa rica sopa y hacer el pan. Natalia está dormida a mi lado, le aviso de que es hora de despertarnos para preparar el desayuno.

Fátima nos alumbra con una linterna para ayudarnos a encontrar nuestra ropa y vestirnos, nosotras aprovechamos el hilo de luz para recoger nuestros sacos de dormir confort 5º en nuestras fundas y coger de las mochilas las cámaras de fotos con el fin de intentar inmortalizar esa nueva experiencia que para nada puede ni siquiera reflejarse en una fotografía.

Sentadas en el suelo, ayudamos torpemente a Fátima a pelar algunas verduras para preparar la harira, sin mesas, sin sillas, sin peladores, sin batidora, sin tantas cosas que parecen necesarias, sólo con lo más básico e imprescindible. La cocina como toda la casa es de adobe, no hay agua ni luz corriente, se sirven de una batería para alumbrarse con alguna bombilla, el agua la traen del pozo en garrafas. En la casa no hay muebles, solamente algunas alfombras que sirven de camas por la noche.

Fátima tiene 15 años, ella al igual que las chicas de su edad en El Begaa se casará muy joven con un hombre que seguramente no podrá elegir. Ellas mismas nos contaron que desde hace poco al menos pueden rechazar al que no quieren, pero que estas cosas dependen de la familia. La vida de una chica de 15 años no difiere mucho de la de una mujer adulta dedicada por completo a las tareas del hogar, su infancia es reducida y su adolescencia nublada por las tareas domésticas y las responsabilidades.

Esa mañana pasó rápido, después del desayuno acompañamos a Fátima a dar de comer a los animales. La visita a El Begaa culminaba esa misma mañana pero antes de partir hacia Risani celebramos la despedida en el local de la asociación de mujeres junto a todas ellas. Se encargaron de decorar nuestras manos con bonitos dibujos de Henna, nos animaron a bailar sus danzas, compartimos risas y palabras sin saber bien qué significaban, degustamos ese rico y característico té de la zona, pasteles y bizcochos elaborados por ellas mismas, se palpaba en el ambiente una unión especial hacia ese grupo de mujeres que sin tener nada nos lo habían dado todo con una gran sonrisa.

Siempre nos vamos de El Begaa pensando que el tiempo ha sido escaso y que la próxima vez tenemos que pasar mas tiempo. Esta vez fué la primera y los resultados fueron tan positivos que sin duda Marhaba para próximas estancias solidarias tenía que prolongar la convivencia en este pequeño pueblo rodeado de las llanuras y las dunas del desierto.

En la furgoneta, todos intercambiamos nuestras sensaciones y pensamientos, hablando con un entusiasmo especial, estaba claro que esas miradas, esas vidas en medio de la nada, esas casas desnudas y esa fuerza con la que afrontan la vida en un lugar tan inhóspito, nos había tocado el corazón.

Me quedé embelesada mirando a través de la ventana, ese paisaje árido con dunas al fondo y montañas al final de toda esa inmensa horizontalidad tiene algo que siempre me “atrapa”, pensaba en lo intenso que puede ser a veces el tiempo, tanto que parece que han pasado semanas en lugar de horas, o días en lugar de minutos. Estaría bien de vez en cuando, apartar los relojes y medir el tiempo con el corazón. En El Begaa, sin duda mi corazón ha vivido mucho tiempo.

En unos meses me ví en otra furgoneta con otras personitas viajando de camino a El Begaa, en muchas caras se reflejaba la ilusión y las ganas de conocer, en otras el calor y el aplastamiento provocado por el poco espacio y las muchas personas que llenábamos la furgoneta. Nos recibió la asociación de mujeres con cierta timidez, escondidas detrás de sus pañuelos, con un apretón de manos y unos torpes besos que no acertamos a dar, unas veces cuatro otras tres, otras dos..... Nos presentamos con nuestros nombres pero no tardaron en cambiárnoslos por otros mas comunes de la zona, Sáhara, Aisha, Fátima, Saida.... Pronto el ambiente comenzó a llenarse de risas y palabras en bereber, enseguida empezaron a sonar los tambores acompañados de sus voces, a nuestras manos no paraban de llegar pasteles y vasos de ese rico té y cuando más cómodos estábamos todos tuvimos que parar y dividirnos para partir hacia nuestras nuevas casas antes de que llegase la noche que estaba clara gracias a esa brillante luna. La familia que nos acogió a mí y a Sáhara (Pilar) es también una familia con pocos recursos económicos, que vive sin comodidades, sin luz corriente, sin agua, sin baño... Una familia muy unida con un gran respeto a los mayores, que conversa todas las noches, que comparte el día a día, que lucha en la misma dirección y que sin dudarlo te regala su cena aunque no guarde........

Esa segunda convivencia también tuvo mucho de especial, pasamos un día entero de excursión con la asociación de mujeres y algunos niños en una pequeña y lejana montaña de rocas llamada el Cuerno de El Begaa, el grupo alegre y variopinto de Marhaba tuvo mucho que ver en que la música y los bailes no cesaran durante todo el día.

Hace solo unos días que he regresado del tercer viaje a El Begaa, un pensamiento se reafirma, aunque cambien los personajes, lo que permanece inalterable son los sentimientos que nos produce esta experiencia.

Desde el punto de vista de Marhaba, este intercambio es mucho más que una estancia solidaria o una ayuda económica a las familias y a la asociación de mujeres. Los resultados reales son mucho más, son sentimientos intensos provocados por el cariño y la acogida de esta pequeña población, son momentos que cada uno guardaremos en nuestros corazones y nuestra memoria, un aprendizaje de nuevos valores, una nueva forma de ver la vida y de aprender a vivirla, simplificando en comodidades, aumentando el valor a la familia, a los bienes naturales, a la hospitalidad, a compartir, a convivir, a respetar.... sin teléfonos, sin internet, sin televisión. Unas vidas sin cables unidas por la realidad que aunque más dura es más cercana y real.

Ir al El Begaa es como un viaje en el tiempo, años atrás, un tiempo menos moderno del que mucho podemos aprender, los años que han quedado atrás también se han llevado todas esas enseñanzas que nos hacen un poco más humanos, menos materialistas y más cercanos al prójimo. ¡Un viaje que tiene como destino, el regreso!"

 

El Begaa
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